Promotora de BienEstar

 Hola! Soy María Mercedes Crego, acompañante en Bioneuroemoción®, facilitadora de PSYCH- K®, diplomada en Ciencias Sociales de la Educación con orientación Psicosocial y proximamente Coaching. Soy feliz acompañando procesos de desarrollo personal en sesiones privadas y cursos. Creo que detrás de un gran momento bisagra, hay un gran aprendizaje y después de una gran enseñanza vivencial, elegí dedicar mi vida al encuentro de las mujeres con su GRANDEZA.

Creo que nadie que busque su verdad puede fracasar en encontrar la plenitud, que no es más que la plenitud de los otros.

Mi gran momento bisagras fue la experiencia de sanación de uno de mis hijos, y mi gran aprendizaje es ver potencial en todos. Creo que todos tenemos todos los recursos y capacidades para vivir una vida en plenitud.

Ejerzo de  madre de   Francisco, y de las mellizas Amanda y de Felicitas.  Feli al poco tiempo de nacida fue diagnosticada con un síndrome El tratamiento clínico del mismo nos llevó a 20 experiencias de quirófano  en sus dos primeros años de vida en la capital de Argentina, Buenos Aires, ciudad que queda a 400 km de donde yo residía y aún vivo,  la ciudad de Mar del Plata.

Hasta ese entonces yo sostenía una dinámica basada en el “tener”. Tenía un título universitario como diseñadora industrial, mi pyme de fabricación  de muebles, mi casa, mi auto y una costoso seguro médico.  Era un persona que había cumplido a sus 33 años, a pies y juntillas la check list impartida por la sociedad y por supuesto para no salirme de los parámetros culturales lo había hecho con muchísimo sacrificio y autoexigencia mal sana.

Sin embargo, a los 16 días de nacidas las mellizas,  Feli había perdido la vista de su ojo y necesitaba un tratamiento largo y costoso a realizarse en Buenos Aires, lejos de mis afectos. Recuerdo tener la sensación de que todo lo que sabía o tenía hasta ese momento, no me podía sacar de lugar horrible en donde estaba. Estaba dolida, enojada, frustrada…Sentía ira.

Pero al poco tiempo, la experiencia se convirtió en un gran aprendizaje. Como preámbulo de una de las primeras operaciones, mi hermana viajó a Buenos Aires con mi hijo Francisco por cuatro horas para que lo pudiera ver.  Al despedirse Fran me dice: “ma, no tengas miedo, Felicitas tiene a la mejor mamá del mundo”, y creo que fue su capacidad de poder ver GRANDEZA en mí, la que marco mi estar siendo actual. Vi que entendía que yo tenía pánico, pero así y todo, no me veía derrotada, me miraba con esperanza aún cuando yo no podía hacerlo. Fue así, que cuando me ví a través de sus ojos, me  pude preguntar cómo sería ser “la mejor mamá del mundo”.  Entonces pensé cómo me gustaría a mí que ellos respondieran a una situación similar. Yo quería que mis hijos se resintieran con la vida,  se sumergieran en el sufrimiento, se sintieran víctimas. O quería hijos, que ante una situación similar, actuaran con valentía,  buscaran posibilidad, tomaran acción, pudiesen estar presentes para sus otros significativos  agregando valor y aprendizaje.

Feli atravesó su primera operación y otras tantas, con una resiliencia admirable, haciéndole honor a su nombre, es decir, Feliz de sabernos cerca haciendo lo posible. Amanda,  en un segundo plano circunstancial, amo cada instante el poder acompañar, desde su lugar, a una familia abocada en gran medida a su hermana y no a ella.

Ya me había declarado en muchos aspectos incompetente, pero también era la gran oportunidad de aprender a ser mejor madre.  Quería ser la mejor mamá del mundo, más aún en esa circunstancia.

Para curar el cuerpo de mi hija estaban los doctores, sin embargo si yo quería, junto a ella, trascender el miedo a la muerte, tenía que amar la vida tal y como estaba sucediendo. Conectar con el momento a momento, con cada instante vital. Para trascender el miedo  a la muerte hay que enamorarse de la vida.

Desafié la etiqueta de enfermedad y con esta, cualquier otra. Uno no puede vincularse con un otro desde la etiqueta de enfermedad y al mismo tiempo habilitarse a interpretar la respuesta, de ese otro, desde los parámetros  de la  salud, ya que desde mi interpretación el o ella ya están enfermos. Más aún con un hijo que valora nuestras palabras como verdad. ¿Se entiende? Yo no  puedo decirle a mi hijo que es un mentiroso y predisponerme a creerle después, ni mucho menos pedirle a él, que desafié mis creencias acerca de su identidad.

Estos dos aprendizajes se pueden sintetizar en lo siguiente, soy voluntaria para vivir cualquiera sea la experiencia  y busco  la grandeza en las personas para encontrar la mía propia.

Felicitas, lleva por segundo nombre Milagros, después de cuatro años y algunos meses, puedo decir que clínicamente está sana, inclusive recupero la vista de su ojo izquierdo.  Y digo clínicamente, porque en realidad siempre lo estuvo, siempre fue una niña sana;  así como yo siempre tuve la oportunidad de ser la mejor madre del mundo, aunque al día de hoy me siga preguntando cómo entrar en esos zapatos.

No dar nada por sentado nos abre a la gratitud. Ser observadores  de nuestro propio observador y preguntarnos  quién quiero ser yo, en esta situación y para qué . Tener en claro el para qué nos permite sostener el compromiso más allá del feedback de la experiencia. Seguramente yo siempre quise ser la mejor madre del mundo, pero no si siempre estuve dispuesta a sostener esta decisión. Por momentos, mi decisión, estuvo sujeta a las situaciones, entonces mi compromiso era condicional. Pero el amor no debe anteponer condiciones, amo la vida y amo a mis hijos, me amo a mi siendo madre y amo a acompañar a otros a conectar con su COMPLETUD.

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